21/3/13

En el eterno equinoccio


Él ya tenía ocho años cuando yo nací. Iba a la escuela todos los días y, gracias al afán de mi madre, pasó el ciclo básico.
Se fue a Managua siendo un adolescente para estudiar o aprender un oficio. Se graduó con buenas calificaciones de albañil en un instituto vocacional.

Según mi padre, con quien él vivía durante esos años, era tan buen alumno que, el director del instituto pensaba que con más estudios el muchacho podría ser un buen maestro de obras.

Volvió al pueblo y trabajó en diferentes obras de construcción. Se puso a fabricar bloques en el patio de su casa y construyó baños, letrinas, casas, etc.

Un día se desapareció y luego nos dijeron que lo habían visto en la montaña con los guerrilleros. Luchó en contra de la dictadura a finales de los años 70 hasta el triunfo.
Después de la guerra y pasar unos años turbulentos confundidos por el alcohol, se enamoró locamente de una muchacha de ojos café claros. Se casaron y tuvieron 5 hijos.

Se volvió abstemio y trabajó en varios lugares de Nicaragua. No era un hombre de palabra, pero sí de buena voluntad y amante del duro trabajo. Le encantaba pescar en los ríos del pueblo con sus amigos.

Con los años se hizo cariñoso y respetuoso con la gente. Jugaba con sus nietos y todos los niños como de pequeña jugaba y gastaba bromas conmigo. Su gran corazón se cansó de trabajar.
Mi hermano se fue ayer, durante el equinoccio de primavera, a vivir un eterno equinoccio.

A la memoria de Marvin Francisco Gutiérrez Reyes (En Achuapa el 11 de junio de 1959 – En Achuapa el 20 de marzo de 2013).
Marvin abrazado de sus hijas María Nela y Eira en diciembre de 2010.
 En finés: Ikuiselle veljelleni

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